Desde el The Clinic
Si lo siguen haciendo bien, esta generación de estudiantes secundarios sera recordada por mucho tiempo. Habrán sido los iniciadores de un movimiento que obligo desde las aulas a cambiar la educación. Como recitaba un cartel de cierto diario mural, habremos tenido nuestro mayo chileno. Nada de autos quemados, eso si, nada de pastelones arrancados de las calles. Conscientes del peligro de la desbandada se replegaron hacia adentro. Se guardaron en los que siempre debieron ser cuarteles de conocimiento, ingenio y estrategias, pero a los que una falta de respeto tiene convertidos en galpones mal amoblados: los liceos. Las tomas de colegios, todos lo hemos visto, han sido un ejemplo de responsabilidad y civismo. Ya se quisieran muchos de esos establecimientos ser cuidados siempre como los están cuidando ahora. El petitorio inicial -pasajes gratis y no pagar por dar una prueba- a estas alturas parece ridículo. Ellos se merecen, sin duda, muchísimo mas. No están reclamando regalos, sino posibilidades de desarrollo. No están pidiendo becas para comprarse zapatillas de moda, sino para aprender a comprárselas a sus hijos en el futuro. Se han visto en televisión petisos de básica portando afiches rayados con cera, y contestar cuando les han acercado el micrófono, que marchan por una mejor educación para todos. Que despotismo ilustrado ni que nada! Por estos barrios la cultura esta arrancando de los pupitres. Los rebeldes de mi generación eramos mucho menos elegantes y sofisticados. Es verdad que había una dictadura encima y que las posibilidades de dialogo eran paupérrimas, pero no por eso deja de ser asombrosa la coherente independencia de estos compadrillos. Cuando marchan, ellos mismos castigan a los que se desbordan. Han instalado al interior de sus filas la admiración por los constructores y no por los arrebatados. Tienen voceros que saben muy bien lo que dicen y asambleas diarias en las que estudian la prensa para analizar y corregir la impresión que están causando. Mas que combatir, lo que están haciendo es convencer. Hasta los taxistas, uno de los gremios mas conservadores, tocan la bocina con entusiasmo cuando pasan frente a una escuela tomada. Han evitado generar cualquier antipatía mas allá de sus torpes interlocutores. Los jovencisimos de Chile están proponiéndole un destino a este supuesto momento de abundancia. Son el primer movimiento ciudadano de verdad que yo percibo desde que se habla de la ciudadanía. Han sabido cruzar las filiaciones partidarias y sumar incluso a la derecha en torno a sus petitorios. Ningun político mediático ha conseguido robarles la película. Ante ellos, ciertos argumentos economicistas parecen rabietas de cabros chicos. Matemáticas de ábaco. Especulaciones arrogantes. No se trata de locura revolucionaria. Sus padres los apoyan. Sus primos, sus vecinos, sus tías viejas. Se aburrieron de que los colegios del barrio alto eduquen a los que serán los jefes, y los suyos a los empleados. Les sigue retumbando en la frente el que apenas un 50% de los alumnos de liceos alcanza los 450 puntos en la PSU, mientras e1 91% de los privados los supera. En sus marchas y carteles no reinan las frases hechas. No se ven los iconos de antaño. Ni Ches, ni Fideles, ni Maos. Son, mas bien, los antepasados de esos escolares los que de pronto están hablando por ellos. Los que no pudieron ser lo que quisieron, están exigiendo una posibilidad de reivindicación en sus descendientes. Adivinaron que había llegado su minuto. Ojala este cuento no se despilfarre, y los escolares resistan la tentación del caos y del cansancio, y las autoridades correspondientes, la tentación de frenar un río que solo quiere llegar al mar.
Escrito por Patricio Fernandez (editor del The Clinic)

